Decía Calderón de la Barca, en su bello libro, que la vida era un sueño, una ilusión en la cual el mayor bien es pequeño y que los sueños, sueños son. Hermosas palabras para definir aquello que es indefinible y solo considerado un conjunto de emociones, y de las mejores. Simplemente, la vida es la forma concreta como nuestro espíritu se desplega hacia la unidad con el todo. Fraccionamos los momentos en etapas contradictorias que nos hacen desarrollarnos como personas y dejar escrita una página en la memoria de la Historia. Esta vida no puede ni debe ser entendida como procesos parcelados, ni mucho menos como momentos ajenos, porque todo tiene concordancia y todo está ligado al costo de nuestras decisiones: el despliegue del espíritu único. Dentro de este depliegue, nos encontramos con la realidad, ese mundo de utencilios que hacemos nuestro a través de la creación. Esta creación es otra muestra del desarrollo de nuestro espíritu ya que al entender el mundo comprendemos la realidad espíritual y armónica de nuestra Vida. De esta manera nos encontramos con el bello aforismo gassetiano: "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo" que muestra cual es la relación del hombre con el mundo, del hombre con la vida. Por consiguiente, nuestra circunstancia es el ahora, la presencia presente, el amor y la ilusión.

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